
Es sorprendente, pero la eclosión de las vanguardias del siglo XX no fue debida solo a la genialidad de sus protagonistas y al drama de un mundo que se desmoronaba ante la avalancha de la modernidad.
La culpa la tuvieron los juguetes de que dispusieron los niños de 1900.

Así es; los artistas que empezaron a crear en este tiempo —Picasso, Léger, Kandinsky, Braque, Boccioni o Malevich— tuvieron en su infancia juguetes completamente distintos a las generaciones anteriores.
Y es que ya Friedrich Fröbel había pasado por aquí unos años antes, dejándonos la maravilla de concebir el cerebro de los niños como pura potencia abstracta. De los juguetes “realidad” se pasó a los juguetes de Froebbel; piezas modulares en las que los conceptos eran el todo: la parte, lo lleno, el vacío, la complementariedad, la unidad, lo redondo y lo cúbico…

En definitiva, todos aquellos rasgos que piensan la realidad en claves holísticas. El vuelco que experimentó el discurso artístico se debe sobre todo a este hecho. Mondrián, Picasso, Klee y otros muchos jugaron distinto. Configuraron su cerebro a partir del módulo y la síntesis, y sus obras son, por tanto, la derivación de este hecho.
Fascina la transversalidad entre áreas distintas, entre Juego y Arte. Y esta transversalidad continúa…

En las manos de Jorge Maestro, ahora el Arte salpica al Juego. En sus ajedreces lo múltiple se resume en varias, pocas líneas que lo explican todo, y entonces observamos que quitar es en realidad enriquecer el discurso; es contar mucho más porque en sus tableros y figuras resuenan los ecos del arte modular de Mondrian y Henry Moore, y nos sorprendemos mirando con sospecha a estas piezas, inquietantes como las de Brancusi, que de pronto se han antropomorfizado y hasta parecen moverse y tener vida propia.
Este es el rasgo del pensamiento profundo: contar tanto, con muy poco.

