Hace muchos años, llegaron a mi casa varias fotografías de una exposición. En ellas aparecían primeros planos de un bosque donde los árboles, enredados, se repetían una y otra vez por medio de espejos. Detrás de las fotografías solo aparecía un nombre: Almalé Bondía; y un título: In situ. Las obras, siendo yo adolescente, me impactaron, y se quedaron conmigo, pegadas a la pared y cambiando de casa en casa, hasta el día de hoy.
Durante todo este tiempo, en mi mente, Almalé Bondía era una fotógrafa portuguesa que ponía espejos en medio del bosque y captaba la escena. Y solo ha sido hoy, años después, cuando he empezado a investigar, y he descubierto:
Que Almalé Bondía no es una persona, sino dos. Que tampoco son portugueses, sino de Zaragoza. Que no solo hacen fotografía, sino que gran parte es montaje digital. Y, por supuesto, he comprendido por fin el concepto que subyace tras sus fotografías.
Javier Almalé y Jesús Bondía son dos fotógrafos y videoartistas con un recorrido creativo impresionante, reconocido además con numerosos premios y exposiciones. De entre todos sus proyectos he elegido hablar de In situ (1 y 2), aunque todos tienen una interesantísima idea común: la reinvención del paisaje.
Partiendo de la idea de que «el paisaje no existe, hay que inventarlo», nos vemos envueltos en la disyuntiva de tratar de comprender qué es, entonces, eso a lo que llamamos paisaje. El antropólogo francés Marc Augé dice que «es preciso que haya mirada, percepción consciente, juicio y descripción para que exista un paisaje. El paisaje es el espacio que un hombre describe a otros hombres». Es decir, de lo que están hablando Almalé y Bondía es del hecho de que el paisaje no puede ser solamente un lugar físico, sino un conjunto de ideas y sensaciones que hacen que nosotros, nuestra mirada, sean necesarios para su existencia.
De este modo, en sus montajes fotográficos, estos geniales artistas combinan lo que hay físicamente, con lo que vemos con nuestros ojos, en una mezcla de naturaleza y espejos, enmarcando trozos de paisaje y dando a entender, así, que somos nosotros los que permitimos su existencia. Así, «lo real se hace presente cuando aparece enredado en el imaginario» (Chus Tudelilla).
Una vez planteado su paisaje, los niños pueden trabajar esta idea recortando imágenes de revistas; que se dejen llevar por el impulso de un color coincidente con su mancha inicial, o, al revés, quizá lo que les atraiga sea un opuesto. Es este un ejercicio magnífico para elegir o descartar al margen de ideas preconcebidas, por la única y espléndida razón del gusto personal.




